La torre de marfil

Este es un espacio para quienes quieren conversar sobre el Perú con la distancia -y marginalidad- de la diáspora. Le daremos particular importancia a la política doméstica y los conflictos culturales de las sociedades del norte para establecer contrastes irónicos en relacion al Perú.

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Nombre: Eduardo Gonzalez
Ubicación: Brooklyn, New York, United States

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martes, marzo 17, 2009

Economía política de la memoria



Toda sociedad produce elementos tóxicos e inventa formas de lidiar con ellos. Las sociedades ricas y sofisticadas son sociedades impecables, donde ni los ciudadanos contaminan ni las autoridades descuidan el deber de limpiar. Por el contrario, las montañas de basura son síntoma inequívoco de pobreza y negligencia.

La contaminación del aire no es otra cosa que la decisión de las autoridades de cargarle a cada uno de los ciudadanos los costos de la irresponsabilidad de los dueños de coches y empresas sucias. La contaminación del mar es el resultado directo del abandono de las redes de desagüe; lo que le suele importar poco a un Estado negligente, aunque luego se vea desbordado por epidemias de distinto tipo.

Gobiernos neoliberales como el de Fujimori y el de García tienen una economía política de la basura muy característica: se alían con grandes contaminadores, porque éstos detentan poder económico, y cierran los ojos a la destrucción del ambiente o la salud de la gente. Si Luchetti destruía un parque natural, al Sr. Montesinos le daba lo mismo, y presionaba a los jueces para favorecer al contaminador. Si Doe Run mantiene a La Oroya como la ciudad más contaminada del hemisferio, qué más le da al Sr. García.

El neoliberalismo mantiene ganancias y costos en el reino de lo privado. Doe Run se queda con sus ganancias, y los mineros se quedan con sus enfermedades. A nadie se le ocurre reconocer que el costo es social, y que las empresas tendrían que incorporar en sus presupuestos los costos de limpiar y lidiar con los efectos de sus actividades.

Exactamente lo mismo ocurre con la memoria. El recuerdo de los años de la guerra es material tóxico. Contar lo que ocurrió es manipular una sustancia terrible: es tocar con las manos la superficie de la tristeza, ver de cerca el pozo séptico de la desconfianza.

Este material tóxico no puede seguir donde está: acumulando su potencia fatal y multiplicando sus riesgos en la mente de cada individuo. Hay que limpiar cada una de nuestras casas en un ejercicio colectivo de memoria sanadora y hay que exigirle cuentas a quienes produjeron este derrame de pena.

Pero García y Giampietri prefieren que vivamos en medio de la basura. Que cada uno se las arregle como pueda. El que tenga los recursos para ello, que contrate un sicólogo. El que no, que se aguante o acepte el consejo de resignación del cardenal Cipriani o acepte el insulto de Flores Aráoz, que dice que los peruanos somos poco más que bocas.

Todo esfuerzo racional y responsable de lidiar con la memoria tóxica –ya sea la Comisión de la Verdad, el Ojo que Llora, o Yuyanapaq- les espanta. Mejor es que las cosas sigan como están y que nadie se atreva a tocar a los grandes contaminadores... grupo en el que están incluidos (Nunca mejor dicho: este es un gobierno con las manos sucias). ¿Cuántos peruanos cargan solitariamente con la desgracia de no conocer la tumba de sus seres queridos por culpa del gobierno de 1985-1990? ¿Quién la espera de un familiar cuando se aproximaba el toque de queda, el apuro al pasar por un cuartel con el rótulo “Orden de disparar”?

Fujimori fue un contaminador más honesto que García: decretó la privatización del dolor a través de una amnistía que prohibía incluso la mera investigación de las atrocidades cometidas por las fuerzas armadas. García está, en cambio, a la defensiva, y tiene que justificar lo injustificable: que en un país donde los líderes senderistas están en la cárcel y el dictador enfrenta un proceso justo, pretendamos olvidar por qué. Los estanques de Augias de la memoria están siendo barridos por un poderoso río de verdad y García se ahoga. Cualquier peruano con la edad de hacer memoria recordará al Comando Rodrigo Franco y sus crímenes impunes; cualquier visitante de “Yuyanapaq” verá la foto de García supervisando ufanamente el campo de batalla luego de la masacre de Los Molinos.

Cuando la CVR conducía sus investigaciones, García y Giampietri acudieron a dar su testimonio, alternativamente sobradores o compungidos; igualmente temerosos. Cuando leyeron los resultados, no les quedó otra opción que la que normalmente usan los contaminadores: seguir contaminando, en la esperanza que la gente se acostumbre a vivir así; seguir mintiendo, hasta que el discurso público sea una gran mentira y el cinismo haga que a nadie le importe la verdad.

La CVR afirmó que el dolor de la viuda de un policía, el trauma de la mujer violada, la pena del amigo de un desaparecido no debían ser cargas individuales. La comisión afirmó que a todos nos correspondía ayudar: dignificando a las víctimas, hasta entonces blanco de la mofa oficial; castigando a los culpables, protegidos por la amnistía o por procesos penales injustos que mezclaban inocentes y culpables.

Uno podría ver la democracia recuperada en el 2000 como un gran esfuerzo de limpieza histórica: darle un juicio justo a Fujimori y a Guzmán, en vez de dejar sus crímenes en el olvido, es hacerse cargo de la memoria tóxica. Construir monumentos a todas las víctimas, en vez de enviar una horda para destruirlos; construir un museo en vez de denunciarlo, es invitar a cada peruano a limpiar su mente por medio del diálogo.

Pero, por ahora, nos gobierna el barro. Modesta sugerencia: es hora de volver a limpiar.
Lavemos nuevamente la bandera; que los estudiantes vuelvan a llevar escobas al frontis del Congreso; borremos la pintura arrojada por los fujimoristas a El Ojo que Llora y al mural de Delfín en el local de Aprodeh. De nosotros depende, si queremos seguir sufriendo del sueño interrumpido, de la teta asustada, del recuerdo suprimido, de las enfermedades de la memoria tóxica, o si proponemos una nueva economía política del recuerdo sanador.

1 Comments:

Blogger Eduardo said...

Eduardo, excelente analogía. Desafortunadamente, el costo ambiental fue meramente teórico para empresas y gobierno en muchas sociedades sofisticadas en tanto no se reflejó en un menor retorno de inversión sea porque 1) se volvió muy caro operar no ambientalmente, 2) la demanda por productos 'ambientalmente incorrectos' disminuyo, o 3) surgieron alternativas más ambientalmente (y económicamente) eficientes.

Siguiendo la analogía, 1) es regulación, la parte más difícil de advocar en economías de gobiernos débiles y con urgentes necesidades de crecimiento. Pero, a despecho de lo que crea Flores-Araoz, 2) y 3) si son palancas que cualquier sociedad puede generar vía una concientización responsable. No hacerlo, es dejar abierto un espacio para que esa 'evangelización' la hagan actores menos responsables y menos preocupados con el crecimiento del país.

He allí el craso error de quienes cuestionan el museo de la memoria. No es un gasto superfluo, es una inversión inicial en la tarea de la sociedad peruana por crear esos mecanismos de responsabilidad social más exigentes y eficientes que aseguren que nuestro desarrollo sea inclusivo, estable, y que sepa lidiar con sus productos nocivos, en lugar de engendrar una sociedad de conductas autodestructivas una y otra vez.

12:00 p. m.  

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